El pasado otoño fui a una residencia de estudiantes mientras encontraba casa en la nueva ciudad. Una tarde fui a la cocina a por un tenedor para comerme unas patatas fritas que habia comprado en un puesto cercano a la residencia. Al entrar me choque con un compañero que salía, después de disculparme fui a por el tenedor y volví a mi habitación. Parecía la típica habitación de hotel, sabanas blancas, un gran armario y un teléfono que comunicaba con recepción y otras estancias, sería mentira si te dijera que no me emocionaba estar allí. Dejé el tenedor en la mesa y abrí la ventana para que se ventilase un poco la habitación. Oí el ladrido de un perro y dirigí la mirada a la calle para buscarlo sin éxito, lo que si encontré fue a un hombre alto con una gabardina al estilo de un espía. Alcé la vista para mirar a la montaña donde descansaba el cementerio de la ciudad, de esta bella y tranquila ciudad.
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